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Ahora que la escuela en la que aprendimos nuestras primeras
letras está cerrada y la falta de niños augura un incierto
futuro para nuestros pueblos, es el momento de recordar, para
que no caiga definitivamente en el olvido, como la fotografía
que acompaña a este texto, a un maestro excepcional que durante
cerca de 50 años y sin apenas medios, no sólo enseñó a nuestros
abuelos los conocimientos que sus propias capacidades y el duro
trabajo en el campo les permitían aprender, sino que conservó
durante toda su vida un insaciable afán de saber, en contacto
con las tendencias pedagógicas más avanzadas de su tiempo: D.
Romualdo Sancho (1856-1926. En 1926, un grupo de alumnos,
emigrantes en Cuba y en Argentina, en agradecimiento a sus
enseñanzas y consejos que les habían abierto el camino a un
futuro más próspero, le dedicaron la placa conmemorativa que
podemos ver en la fachada del Ayuntamiento. Un escultor
valenciano talló su rostro en un medallón de mármol blanco
bordeado de ramas de laurel y anotó la siguiente inscripción que
el tiempo, que ya no nos permite poner nombre a cada uno de los
jóvenes de la fotografía, no ha logrado borrar:
A SV DIGNO MAESTRO DE 1ª ENSEÑANZA
D. ROMUALDO SANCHO
CON MOTIVO DE SU
JUBILACIÓN DESPUÉS DE 47 AÑOS DE LABOR EDUCATIVA EN ESTE SU
PUEBLO DE NACIMIENTO, ALGUNOS DE SUS DISCÍPULOS AUSENTES LE
DEDICAN ESTE RECUERDO EN PRUEBA DE CARIÑO. 7/FEBRERO/1926.
La
fotografía de Don Romualdo se encontraba entre los retratos
familiares de mi infancia. Era el “Tío. Así lo llamaban los
abuelos y su frente despejada y mirada profunda e inteligente
confirmaban los comentarios elogiosos que de él hacían. Con
gran respeto recordaban su honestidad, su sentido de la justicia
y su austeridad en todos los órdenes, y bajaban el tono de voz
cuando se referían a sus ideas políticas y a la falta de
sintonía con las autoridades religiosas. Con admiración contaban
su incansable afán de saber y la amplia biblioteca que con
libros de los más variados temas había ido formando a lo largo
de su vida. Enumeraban con extrañeza la meticulosidad con que
abordaba cualquier tarea y las largas horas que pasaba en la
escuela hasta bien entrada la noche en su empeño de enseñar.
Disculpaban el fastidio que este afán suyo provocaba en los
alumnos y especialmente en sus padres, más preocupados en el
cuidado del ganado y las tareas agrícolas que en el aprendizaje
de los muchachos.
Mi abuela había sido alumna suya en los primeros años de 1900 y
todavía era capaz de recitar algunas rimas y trozos de obras de
teatro que entonces había aprendido. Hablaba de los paseos que
con D. Romualdo hacían por el campo y recordaba de forma
especial aquel en que pusieron nombre a la cueva de D. Quijote.
(¿Fue quizás en 1905 con motivo del tercer centenario de ) Y,
ciertamente, las personas mayores que con él fueron a la escuela
tenían un apego a la lectura y con regularidad leían el
periódico.
Contaba con pesar la abuela las adversidades que “el tío
maestro” había afrontado a lo largo de su vida y como había
llegado a formar parte de la familia sin que mediara ningún lazo
de consanguinidad directa. Sus padres murieron tempranamente y
quedó a cargo del Cura y el Secretario, quienes consiguieron
darle estudios. También sufrió la muerte de sus dos hijas de
corta edad y la pérdida de un hijo de su esposa en la Guerra de
Cuba. Al morir su esposa, Romualdo pasó los últimos años de su
vida con los nietos de ésta; uno de ellos era mi abuela; y en su
casa murió en 1926.
En el desván quedaban algunos de sus libros (desgraciadamente, a
su muerte, no hubo nadie en la familia que supiera reconocer la
importancia de su biblioteca y la conservase completa) y algunos
manuscritos que aumentaron mi admiración por D. Romualdo.
A partir de la formación que adquirió en la Escuela de
Magisterio de Soria, a pesar de las dificultades de
comunicación en aquellos tiempos, simplemente a través de la
lectura y de su propio afán de saber, Don Romualdo logró unos
conocimientos muy amplios sobre diferentes materias, -las
ciencias humanas eran sus preferidas: Antropología, Psicología,
y se expresaba con un estilo literario fluido, retórico en
ocasiones, al gusto de la época-, plagado de citas de la más diversa
procedencia.
...”Heme un Maestro de Escuela de pueblo rural, cuyos habitantes
capaces son rústicos labradores... No hay a mi disposición
Bibliotecas, Archivos, Escuelas, Cátedras, Prensa, Museos... y
demás medios de cultura de que disponen los habitantes de las
grandes ciudades, así para adquirir lo conocido como para
indagar lo que aún no se sabe. No poseo los bienes económicos
necesarios para poder visitar las mencionadas instituciones y
demás medios de cultura allí donde existen. Sólo dispongo, para
mi educación y progreso, de un corto número de libros,
elementalísimos y de la contemplación de la Naturaleza que hay a
mi alcance, contemplación que hago sin auxilio de instrumento
artificial alguno y con la sola ayuda del estudio de mis pocos
libros manuales.
La Naturaleza... ¡Libro admirable, maravilloso, excelente, el
mejor de todos... !
Don Romualdo hacía anotaciones de los más variados temas: de
economía doméstica, de meteorología, de
disposiciones legislativas, noticias que llamaban su atención...
Guardaba la correspondencia más importante que recibía o enviaba
a sus colegas, a las autoridades académicas (con los que se
mostraba crítico ante las disposiciones que consideraba
injustas) y con sus ex alumnos en cuyas cartas se percibe el
aprecio mutuo y los consejos que les ofrecía para que siguieran
prosperando en sus trabajos. También colaboró con el
Ayuntamiento en la redacción de documentos y en gestiones
importantes para el pueblo, defendiendo nuestros intereses en el
pleito que sobre deslindes mantenía el Ayuntamiento de Cabrejas
del Pinar con la Administración. Lo más interesante son sus
escritos acerca de Pedagogía en los que va desgranando sus ideas,
demasiado avanzadas para la época y las circunstancias que le
tocaron vivir. Los borradores de discursos que pronunció en
Conferencias Pedagógicas en Soria o en el Burgo de Osma y
algunas de las Memorias Anuales que debía de enviar a la Junta
Provincial de Instrucción Pública merecen un estudio más
detenido que el que se puede ofrecer en estas líneas. En
estrecha relación con sus ideales políticas, Don Romualdo
consideraba que la Educación había de ser el motor que alentara
el progreso de los pueblos y sacara a nuestro país de la miseria
y la ignorancia en que se hallaba en aquellos momentos; debía
extenderse a todos, especialmente a las mujeres, sin atender a
clases o privilegios; no se debía terminar con los años
escolares y, como proceso continuo, había de seguirse a lo largo
de toda la vida. Pero era consciente, y ello le causaban gran
amargura, de los factores que impedían llevar a cabo una
enseñanza “Científica”: la tradición que confundía Religión con
Ciencia, la miseria en la que vivía gran parte de la población y
la reticencia de las clases dominantes a dejar de detentar sus
derechos, hacían imposible destinar a la educación los recursos
suficientes para acometer los cambios necesarios, especialmente
la renovación de los métodos de enseñanza, basados entonces en
la memorización, no en el conocimiento práctico.
Día a día eran numerosas las dificultados que tenía que
solventar en la escuela: la falta de espacio suficiente e
“higiénico” para albergar a una media de cuarenta poco aseados
alumnos, sus diferencias de edad y capacidad, la irregular
asistencia a clase, más constante en los meses de invierno, la
falta de material adecuado, la escasa colaboración, cuando no
oposición, de las familias, la atención simultánea de la Escuela
de Adultos, el exceso de trabajo burocrático.. Y, todo ... para
recibir finalmente un sueldo mezquino.
Aunque quizás lo
más penoso y también su mayor logro fue, no lo que llegó a
expresar, sino lo que tuvo que callar:
...”Sólo voy a exponer parte de mi pensamiento sobre el citado
asunto (sus convicciones sobre , no todo; pues exteriorizarlo
todo es imprudente, atendiendo a mi situación social en que mi
natural destino me ha puesto y las circunstancias sociales
nacionales actualmente existentes... Lo que por prudencia y por
necesidad callo, es la crema de la realidad... porque si lo
pusiera en libertad y comunicación con los demás acarrearía el
ridículo o las iras de las gentes llamadas sensatas... ¡Triste
tiempo este aún en que se ven obligados ciertos funcionarios
públicos a desfigurar su ser íntimo y vivir para satisfacer la
necesidad de comer parquísimamente, exteriormente disfrazados
de una persona fantástica inferior a sí mismos...” |
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