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Actualmente, con
las nueva tecnologías, podemos encontrarnos en Internet todo
tipo de artículos y escritos relacionados con el tema más
inesperado por inverosímil que parezca. No importa ni el qué
ni el cómo ni el cuando. Todo está en Internet. Este es el
caso de un artículo publicado en Noviembre de 1990 en la
Revista Folklore de la Fundación Jiménez Diaz en el que se
narran las peculiaridades del oficio de herrero gracias a
las explicaciones del que hasta entonces había desempeñado
este oficio en Muriel de la Fuente y en los pueblos de los
alrededores. Era el tio Gregorio.
En este artículo se explican en detalle todos los
pormenores del oficio: los inicios por tradición familiar,
los acuerdos con los ayuntamientos de los pueblos de
alrededor en los que se fijaban el número de rejas y
punzones que se comprometía a hacer por año, las cantidades
de grano que recibía por cada trabajo, etc.
El oficio de herrero era el de un artesano que debía
unir la fuerza, el ingenio y la destreza para dar, a golpe
de martillo, la forma deseada y el temple adecuado a las
piezas que se forjaban en su fragua. En aquellos años era la
experiencia y la habilidad propias las que determinaban la
calidad de su trabajo.
La fragua era también un lugar de tertulia para
hombres. Tenía cierta semejanza con la taberna o la
barbería, locales en los que se daba rienda suelta a las
opiniones, críticas y bromas. El hecho de estar
permanentemente abierta, la convertían en lugar de encuentro
no solamente para los labradores que acudían a errar sus
caballerías, sino también para los guardias, el maestro e
incluso el cura.
Para los niños, la fragua era un lugar misterioso que
ejercía una atracción no exenta de peligro. Les asombraba
ver el hierro candente, admiraban las habilidades del tio
Gregorio envuelto entre chispas que saltaban de su yunque y
les fascinaba hacer funcionar el inmenso fuelle para
conseguir reavivar las llamas.
Con el tiempo llegó la mecanización del campo y los
adelantos modernos. En pocos años las yuntas de animales
fueron sustituidos por tractores. Los antiguos carros por
remolques. Los arados romanos por los nuevos artilugios de
varias vertederas. En los hogares dejaron de necesitarse
trébedes y útiles semejantes. Los enrejados para las
ventanas se hacían en talleres especializados. El tío
Gregorio tuvo que cerrar la fragua años antes de la
jubilación.
Fue éste un oficio que como tantos otros de la vida
rural se perdieron con el devenir de los tiempos. Queda un
recuerdo de aquellos años tan distintos a los de ahora.
Nota.- En el artículo indicado podréis
ampliar los detalles sobre su oficio y su vida.
Lo tenéis en
http://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.cfm?id=1412
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