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F I E
S TA DE PLENILUNIO |
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Aquella tarde Mitobión estaba mas contento que de costumbre.
Acababa de cumplir 14
años y había conseguido convencer al abuelo Fedikeno para que le
dejara los útiles del
fuego. La Llama Sagrada que ardía permanentemente en mitad del
poblado era intocable.
Era el verano de 153 a.c.;
extremadamente seco, las ovejas solo podían pastar por la noche
ya que por el día con el sofocante calor se aturraban haciéndose
una pelota.

Los jóvenes pastores y pastoras
no podían participar de la fiesta de Plenilunio por tener que ir
con el rebaño comunal, todos los años pasaba lo mismo, ¡qué
fastidio!, pero este año Mitobión lo tenía todo planeado. "Habría
Fiesta".

El Rey Sol estaba cayendo por
la loma de Mataquiñones cuando Mitobión subía por la senda de la
Esbaradera hasta "Los LLanos" donde estaban las tainas del
ganado. Abrió la puerta a las ovejas y con la ayuda de su fiel
amigo Kiro "el perrito pastor que tanta compañía la hacía", condujo el ganado por el barranco del
Despeñadero hasta la hoz del río Abión para que los animales
saciaran su sed en sus frescas y cristalinas aguas.

Condujo al rebaño río
arriba, hasta el nacimiento del río Abión en la "Fuentona",
lugar sagrado y respetado por todo el poblado, ya que el
nacimiento representaba la vida y la subsistencia, estupendas
truchas, cangrejos y ratas de agua se criaban en sus aguas. Allí
le aguardaban los demás pastorcillos que se habían encargado de
hacer los preparativos para celebrar la fiesta. Los anzuelos y
cestos de mimbre estaban dando sus frutos y ya habían conseguido
unas cuantas truchas para la cena.

Mientras las ovejas subían careando por los Robacanes
hacia los gayubares del paraje de la Carretá, fueron a buscar a
su buen amigo el Druida Fuxentio que vivía en la Cueva de los
Murciélagos, para que les preparara el brebaje mágico. El gran
Fuxentio no les preparó Melikatrón ni Caelia que tomaban los
mayores, pero el brebaje de leche de cabra, miel y hierbas
aromáticas estaba buenísimo.

Entretenidos con los
preparativos llegaron las doce de la noche, la Diosa Luna
resplandecía con todo su esplendor en lo alto del firmamento
"Era la noche de Plenilunio".

Mitobión sacó la piedra pedernal y el trozo de pirita de su
zurrón y, como le había enseñado el abuelo, puso un puñado de
estopa en el suelo debajo de la Gran Sabina Sagrada y comenzó a
dar golpes con el trozo de hierro a la piedra, de inmediato
empezaron a saltar chispas encima de la estopa que poco a poco
empezó a arder, fue alimentando la llama con hojarasca de estepa
y hojas de espliego seco, y luego echando palos mas grandes de
sabina y enebro
consiguió hacer la hoguera.
Mientras tanto, el ganado estaba comiendo
plácidamente en los pastos de la Carretá los frutos rojos y
maduros de la gayuba. Los cencerros de los
animales con sus tintineos ayudaban a crear esa atmósfera de paz
y sosiego de las noches de verano.
Debajo de la Sabina
Sagrada la hoguera ardía con viveza y los pastores y pastoras
daban buen repaso a las viallas que habían traído, Alanica sacó medio
conejo, que presto
comenzaron a asarlo en la fogata junto a las truchas del Abión, Belenas
venía preparada con una
buena hogaza de pan y Mitobión había conseguido de la abuela Cirtana un
trozo de jamón,
Coris, Ibalus y todos los demás sacaron lo que traían en sus
zurrones y comenzó a celebrarse
la cena con absoluto entusiasmo, alegría y complicidad .

¡Cada vez que los ojos de
Mitobión se cruzaban con los de Alanica, una llama tan grande
como la de la hoguera se encendía en sus corazónes!...
Hoy eran felices, tenían
su fiesta, poco les importaba los resplandores de las hogueras
que se veían a lo lejos, cerca de los poblados de la ribera del
Abión y de la sierra de Pinares.
Después de la cena, bebieron
del brebaje mágico que les había preparado su buen amigo el
Druida Fuxentio y, al son de la flauta que tocaba Ibalus,
bailaron alrededor de la hoguera, cogidos de la mano hasta el
amanecer.
Pusieron mil nombres a las
estrellas y pidieron muchos deseos a la Diosa Luna que les
protegía desde lo alto del firmamento, ¡qué noche aquella!.
La hoguera se iba quedando en un suave rescoldo, comenzaba a
amanecer y el Gran Sol empezó a asomar por los cerros del este,
recogieron el ganado que ya empezaba a aturrarse y lo cerraron
en las majadas de la visera de la Carretá.

Subieron visera arriba hasta el cerro sagrado de Peñota
para rogar al Dios Lug y a la Diosa Epona que les concediera
salud, ganado y buenas cosechas, y cansados pero felices se
dirigieron todos al poblado. La fiesta había acabado. Esa misma
tarde tenían que volver a sacar el rebaño a beber agua y a
pastar toda la noche siguiendo la rutina de cada día.
Poco se podían imaginar los
acontecimientos que estaban a punto de desarrollarse en toda la
Celtiberia...
©
Cándido Delgado
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