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Metidos de
lleno en este tiempo invernal donde los días son cortos y fríos
apetece sentarse en cuanto anochece alrededor de la lumbre y
dejar que la imaginación nos lleve a otro tiempo y época del año
como el verano donde los días, por el contrario, son largos y
calurosos.
Era el mes de
julio de un año cualquiera, antes por supuesto de que
aparecieran por nuestras tierras las gavilladoras, las atadoras,
las segadoras y las modernas cosechadoras. Durante el día el
canto de las chincharras (cigarras) enmudecía los campos y por
las noches los grillos formaban un estruendoso coro. Las espigas
estaban bien granadas y doradas dispuestas para la recolección.
Era el momento
preciso de realizar uno de los trabajos más duros del año: la
siega. Primero se segaban las cebadas, luego los trigos, los
centenos y por último las avenas. Lo hacían nuestros abuelos,
tíos y demás vecinos, pero en algún momento puntual venían
cuadrillas de segadores (principalmente procedentes de la Rioja)
que se iban desplazando de un lugar a otro según se acababa su
misión. Los agosteros venidos de fuera se alojaban en casa "de
los amos". Iban ataviados con ropa dura y desgastada para la
ocasión: pantalones azules de algodón, camisa de manga larga de
algodón también, un pañuelo anudado al cuello, un gran sombrero
de paja para protegerse del duro sol de la meseta y los pies
cubiertos con abarcas con gruesos calcetines y una alforja al
hombro.
Su
labor era dura. Trabajaban de veinte a treinta días y sólo se
paraba en una ocasión, el 25 de Julio, día de Santiago. Se
levantaban al amanecer. En ese momento, las seis de la mañana,
en el silencio de las calles de Muriel de la Fuente resonaba el
primer toque de campanas del Ave María, al alba, que anunciaba
el inicio de su dura jornada. Pero antes de partir había que
tomar las primeras fuerzas a base de una copa de anís y pastas
caseras. Cogían sus aperos (hoces y zoquetas) y se desplazaban a
las fincas situadas en los parajes de "El Vallejo", "la Vega
Maguillo", "Las Toberas", "Los Llanos",... y comenzaban el tajo.
Era una laboriosa tarea de ir segando la mies y atando las
primeras gavillas y formando los haces.
A las nueve de la
mañana la figura del acarreador vaticinaba el primer merecido
descanso. Transportaba en las mulas y metidos en cestas y
serones el almuerzo que consistía en sopas de pan, torrenillos y
chorizo. Acompañado por supuesto igual que en otras comidas con
vino de la bota y agua fresca del botijo.
Se volvía a la
tarea y un poco antes del toque de las campanas que anunciaba el
Ángelus a mediodía, sobre las once u once y media, se hacía otro
alto para charlar animadamente, descansar y comer "el tomapán".
Se componía de patatas fritas con cebolla, huevos revueltos,
lomo y costilla en adobo. Después vuelta a agacharse y a cortar
las espigas con las hoces. De vez en cuando un buen trago de
agua o vino para reponerse.
La siguiente
parada no era anunciada por el tañir de ninguna campana sino por
el rugir del estómago y el sol de Muriel de las dos de la tarde
(por todos comprobado). Se buscaba una buena sombra y volvía a
aparecer el acarreador quien después de realizar un viaje a las
eras para dejar las gavillas volvía con la cesta repleta de
nuevas vituallas.
Esta vez le
tocaba el turno al cocido. Se vertía en fuentes y todos en corro
daban buena cuenta de él: sopa, garbanzos, carne, tocinillo y
bola. Como la digestión era un poco pesada y el cansancio y el
calor apretaban cada cual se buscaba un nuevo cobijo para dormir
la siesta.
Se volvía al tajo
hasta las siete de la tarde para tomar el último refrigerio del
día en el campo. Era una merienda fuerte a base de judías
pintas, cordero guisado con tomate y tortillas de jamón o
patata. Se seguía laborando hasta que la luz del día lo permitía
y que casualmente coincidía con el último toque de campanas del
sacristán, el de "la Oración".
En ese momento
nuestras tierras se quedaban vacías de ruidos, charlas,
conversaciones, idas y venidas de los segadores y
acarreadores,... hasta una nueva jornada de un día cualquiera
del mes de julio allá por la década de los años cuarenta.
Eva
Serrano Sanz |