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Los que dejamos un día el sitio
donde nacimos, donde sea que vayamos, llevamos las maletas
cargadas de olores, de sabores, de sonidos y paisajes de los
lugares que habitábamos antes de desterrarnos de la inocencia.
El olor de los árboles cuando
íbamos a merendar a la orilla del río o a la sombra del chopo
que se levantaba junto a una fuente o un cubillo. El sabor de
las moras recién cogidas de aquel moral que crecía entre
aquellas piedras. El sonido de los rebaños cuando volvían a
recogerse en el último sol de la tarde derramando notas de
balidos y cencerros. Paisajes del campo entero renovándose en
cada temporada del año, verdes, rojos, marrones, amarillos y
blancos, nacidos directamente de las plantas, los frutos, la
tierra, las hojas secas, la nieve..., nunca reproducidos en su
autenticidad por ningún medio artificioso.
En los primeros días de
primavera correteábamos por
todas las praderas buscando los claveles rojos que salían entre
la hierba. También encontrábamos campanillas blancas, que se
deshojaban cuando las tocábamos, y muchas flores azules que no
cogíamos porque decían que no eran buenas. En los cirates del
camino salían miles de margaritas con su corazón de oro y sus
alas de estrella. Si uno mordisqueaba una margarita, se le
llenaba la boca de una fragancia luminosa, dulce y amarga. De
vez en cuando se escuchaba alto y claro la cigüeña haciendo la
comida en el nido de la torre de la iglesia.
Cuando decidimos tomar el
camino pensábamos que nos llevaría a una carretera ancha
prometedora de una vida mejor sin estrecheces ni quebraderos de
cabeza.
Allá, en las ciudades, la
gente se gana la vida sin romperse el espinazo y sin estar
pensando en si truena o llueve.
Después, pasado el
tiempo, sumergidos en el tráfago del
tráfico intransitable, a la vez víctimas y verdugos de la
exigencia de competir y enfrentarse en el empeño vano de
suprimir una barrera, culminar el primero una meta, llegar a
final de mes, un día se nos enciende la luz de la cordura como
le pasó al Quijote poco antes de morir, y haríamos lo que fuera
por recuperar todo lo que perdimos cuando desertamos
persiguiendo un sueño, una fantasía, convencidos de que
cualquier sitio era mejor que nuestra tierra, y nos equivocamos.
Empujados por el vendaval
de la nostalgia, una mañana de domingo nos ponemos delante del
ordenador y nos zambullimos en la página web de “Soria”: Olores,
sabores, sonidos, paisajes entrañables.
Vaya. He tenido suerte. Cerca de aquí
está mi casa.
No lo escribí yo.. pero es como si
mis pensamientos se hiciesen palabras..
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