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Ven a conocer mi pueblo, me dijiste. Me puse en camino, con
miedo a perderme a pesar de tus indicaciones. Pero fueron
precisas.
Aquí estoy, al fin en tu pueblo, dije, casi con orgullo de
aventurero.
Te recuerdo en un día de sol, de brisa suave. Te recuerdo
sonriente, amable, nerviosa y arrebolada. Te recuerdo junto
a tu padre, sereno y frágil.
Me hace feliz recordarte así.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde ese día? ¿Diez años quizás?
Me dijiste: “Ven, te mostraré algo que te va a gustar”. Me
llevaste a ver un tesoro escondido, o al menos así lo
percibía yo.
Caminamos mientras escuchaba tu voz. Me contabas pequeñas
historias, me hacías reír, me contagiabas la serenidad del
lugar que ante mí se descubría.
Árboles susurrantes, hierba suave, agua cristalina, sonido
de río, luz entre sombras, el sol que brilla en el cielo y
en tu sonrisa.
Me mostraste una montaña misteriosa. Una montaña que regala
belleza, el cristal de una fuente que brota de la roca.
Tiramos piedras al líquido espejo, que rompen, por un
instante, la dulce calma del pequeño lago. El leve “plop” y
los inevitables círculos infinitos delatan el juego de
niños.
Me dices su nombre. Me resulta encantador. La Fuentona, de
Muriel, me subrayas.
Ella le da nombre al pueblo. Lo hace suyo, le contagia su
paz. Qué dulce me sabe. Muriel, Muriel de la Fuente.
Pequeño oasis que me invita a la calma, a ver las cosas sin
las exigencias del tiempo, a saborear los pensamientos sin
atreverme a romper el silencio.
Me hablas de las historias de esta fuente. De una montaña
preñada de río, que guarda en su vientre, celosa, secretos
que muchos buscan desvelar. Me hablas de hombres que
perdieron la vida, en terrible sacrificio al misterio. Me
hablas de niños que hacían de ella el escenario de sus
juegos.
Me hablas de una cascada tímida, que sólo de tanto en tanto,
animada por lluvias abundantes, deja ver su rostro
espléndido.
Me hablas de buitres leonados, celosos vigías de campos y
cielos. Y me hablas de ti.
Me gusta escucharte en este sosiego, me gusta ver en tus
ojos el reflejo verde del río y la fronda.
Tus palabras me llevan al pasado de un pueblo, de un pueblo
pequeño que resiste al olvido, al esfuerzo insistente de
quienes trabajaron esta tierra y la amaron, a los pequeños
detalles cotidianos de gente que hace de la sencillez su
credo.
No todo es perfecto, pero está entrelazado de tal manera que
parece que cada cosa ocupa su sitio, las personas, las
cosas, los recuerdos, los lugares… y tú. Siempre tú.
Me llevas por sendas de chopos y sabinas. Me llevas hasta el
mar, ese mar amarillo de los girasoles que ahora enmarca el
paseo que no quiero acabar. Voy contigo. Te escucho y te
miro. Pienso en esas flores enamoradas del sol, que siguen,
cautivadas, al astro dorado en su caminar por el cielo. Tú
eres mi sol. Voy contigo. Te escucho y te miro.
Ya estamos cerca. El paseo parece acabar. Sin embargo,
cuánto se tarda en llegar. Cada persona que se cruza en
nuestro caminar, es la excusa perfecta para detenerse,
saludar, conversar, escuchar pequeñas historias, no hay
prisa, ni indiferencia. Son cordiales y, porqué no,
curiosos. Después de todo, yo no soy de aquí. Buena gente.
Hay un perro. No es de nadie, pero todos son su dueño. Lo
dicho, buena gente.
Muriel es esa gente, con sus huertos, sus casas, sus vidas.
Con la grandeza de su trabajo y de su esfuerzo constante por
mantener vivos recuerdos, tradiciones, y vivencias que el
mundo quiere cubrir con su vorágine de mezquindad. La labor
de personas que siguen aquí, dando vida al pueblo. También
de tantas otras, como tú, que ya no viven aquí, pero que
nunca se fueron.
Muriel tiene un cementerio en lo alto. La hermosa vista que
desde allí se percibe tiene reminiscencias de Gloria. Parece
un mensaje del espíritu de los que allí reposan, de los que
hicieron de este pueblo lo que es: “Os cuidamos”.
También tiene una iglesia de campanas sonoras, que llaman
por tres veces al encuentro con Dios y con los que comparten
la fe. Y allí se comparte, dentro y fuera, ese espíritu de
hermanos. Templo y barbacana son puntos de encuentro. Allí
se habla de presentes y ausentes, de nacimientos y muertes,
de enfermedades y loterías, de parientes y herencias, de
siembras y cosechas, del tiempo y recetas.
Dentro, cálidos detalles que expresan la fe de tantos que
pisaron su suelo. A un lado, reflejos de oro, una Virgen
Madre de rostro sereno y suave, parece decir desde su
pequeña grandeza, “Aquí estoy, aquí os espero, desde aquí os
amo”. Cuántos ruegos habrá escuchado esta pequeña y
agraciada imagen, cuántas lágrimas habrá contemplado y
enjugado, cuántas manos habrán tocado su manto dorado. Por
siglos, a hombros de los hijos del pueblo, ha recorrido sus
calles, bendiciendo. Muriel también es Ella, la Virgen del
Valle, que junto a san Nicolás, dispensa favores divinos. Y
la gratitud se hace procesión y fiesta, año a año, durante
siglos.
Muriel tiene el rostro de la nieve y del de frío en
invierno, de casas vacías, de soledad en sus calles, de
lluvias que obligan al tibio encierro a los que se quedan.
En la primavera es verde de trigo y cebada, de avena y
centeno, de árboles y flores.
El otoño es precioso, me dices. Muriel se cubre de ocre y
dorado, de amarillo y verde, de incontables matices antes de
quedar los árboles sin su atuendo.
El verano es soleado, desde la distancia puedes ver un mar
dorado en los trigales y que se hace amarillo con los
girasoles. Ya lo he visto, te digo, y no has podido
describirlo mejor.
Ven, me reclamas, ven conmigo. Si la fuente es el corazón de
Muriel, ahora te mostraré su alma. Me llevas contigo. Vamos…
al pinar. Desde la distancia se ve… y se huele. En él te
arropan el silencio y la calma. La hierba hace discreto el
ruido de nuestros pasos. Oímos el rumor de viento. Esta es
su alma, acogedora e íntima. Nos sentamos en un tronco de
pino segado por la naturaleza y escuchamos las voces de los
habitantes del bosque. Como de la nada, surgen en la fronda,
muy cerca, los negros y asombrados ojos de un cervatillo. No
queremos respirar para hacer más largo el momento, para
contemplar aquello que me parece la encarnación de este
lugar. Qué preciosa criatura, serena y frágil, silenciosa y
tímida. Sus ojos contemplan los nuestros. ¿Cuánto duró ese
instante? No lo sé, para mí fue efímero y eterno. Efímero
porque acabó y eterno porque no lo olvido. Tú estabas a mi
lado, descubro tu mano en la mía. Bendito ciervo. Se rompe
el hechizo, lentamente, como si no pisara el suelo, el
pequeño animal vuelve a dejarnos solos.
Ahora son tus ojos los que miro. Quisiera sumergirme en
ellos. “Volvamos”, me dices y contigo vuelvo. Pero ahora
camino tomado de tu mano. El camino es distinto. Más
maravilloso si cabe. Me he enamorado.
Hoy he conocido el rostro de Muriel. Me ha parecido bello,
capaz de despertar sentimientos de ternura, de ganas de
volver, de estar, de permanecer, de amar. Porque para mí, el
rostro de Muriel, eres tú.
Autor: Teófilo Nicolás Flores
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